Los días iguales
Tlatelolco
Ciudad de México
miguelon

Palabras
No, si de que nos han dado chance, nos han dado. O a lo mejor es que no se han dado cuenta, porque si vendieran los diccionarios en abonos; digo, su contenido; o más bien, que en vez de que yo comprara un refrigerador de palabras completo fuera a la tienda y hablara con el dependiente: "Buenos días; usted disculpe, ¿tiene alguna novedad?", y él sonriera y contestara el saludo y dijera, sin dejar de mirar el mostrador: "Nos acaban de llegar estas nuevas, mire usted", y me señalara unos paquetitos de papel: "por ejemplo, todas estas de la ene", y entonces yo preguntara el precio y él me respondiera que lo de costumbre y yo escogiera entonces, digamos, unas cinco o seis palabras de la ene y otras tantas de alguna otra letra, y él me preguntara: "¿se las dicto o se las lleva impresas?", y yo supiera que la diferencia de precio pudiera no ser muy importante y las pidiera impresas, y él me diera los papelitos elegidos, cada uno con su palabra y su significado grabados, y un numerito en el ángulo superior derecho, y yo me los llevara a mi casa para seguir llenando ese álbum tan divertido que podría ser mi propio diccionario.
Desgraciadamente no es tan entretenida la cosa. Los diccionarios se venden completos. Eso sí, es mucho más barato, porque un diccionario regular contiene alrededor de 60,000 palabras; y ni qué decir de los que están ilustrados ni de los técnicos ni de los de idiomas. De la otra manera sería más divertido, pero, ni hablar, mucho más caro. No, si de que nos han dado chance, nos han dado, o a lo mejor es que no se han dado cuenta.
La estrella de palabras
Me gusta cabulearme a mi computadora; hacerle maldades. ¿Un ejemplo?: le pongo control—k—r, me contesta:"¿Nombre del archivo a leer?". Le escribo el nombre del archivo: "Ninguno que te interese". Me contesta "Nombre de archivo inválido. ¿Nombre del archivo?" y en su pregunta me queda la duda de si seguir inventándole nombres falsos para seguirla vacilando.
Vincent y Paul
— No te desesperes, Vicente, ya seremos famosos cuando nos muramos.
— ¿Lo dices por mi monoauralidad o por qué o qué, cabrón!
— Ya ves, ya te sentiste menos, sin querer; no te esponjes, carnal.
Militancias.
A Joaquín Vásquez Aguilar.
Estoy en el cuarto de al lado. Camino descalzo hacia la lámpara de mi mesa. Voy a apagar la luz. Ella se desnuda detrás de esa pared y no podrá verme ni darse cuenta de que apago la luz para ahorrar energía eléctrica y no sólo dinero (le gusta que ahorre energía eléctrica, que contribuya al no desperdicio de los recursos, que me integre en una causa social aunque sea sólo así, que contribuya con algo: Héme aquí); podría mirarme ahora y darse cuenta. ¡Mira cómo me mira! ¡qué amor tan dulce y cálido! ¡Entiende cómo mi paz ama a la suya!
Apago la luz y voy a su encuentro.
Compromisos
Hay en la vida tantos compromisos que parecen ineludibles.¿Qué hacer con ellos? Se van acumulando poco a poco y uno como que no hace caso, como que "puedo con todo" y ai te voy. El darse cuenta de que se tienen más de los tolerables y que hay que deshacerse de unos cuantos, es como observar que su pronta desaparición se asemeja en cierto modo a las mudanzas, a lo que pasa en ellas, que uno saca y saca y empaca y empaca cosas y no demonios se sabe de dónde salió tanta porquería. Hayquien debe plantearse el asunto de hacer hoy mismo una mudanza de compromisos en la que pueda darse cuenta y tirar todo lo que ya no sirve para lo escencial y se desentienda; a menos que sea como mi tía Susana, que es una viejita que guarda todo lo que junta y viceversa y anda en todas partes y en ninguna se le localiza y por eso nunca se ha cambiado de casa.
Ventana
Un ave se posó en el marco de la ventana.. Tornose grave y pensativa. No compartió su canto.
Al fin graznó encima de este papel y salpicó en él estas líneas.
El fiel plumil
El plumil volteó a verme y me dijo: "ya vas, carnal, conque deseando cambiarme por una Mont Blanc si tuvieras dinero, ¿verdad?" Lo miré con lástima, pero tuvo que terminar hasta esta línea: "Mi fiel plumil, soy tu quimosabi".
La vela y la flama
La cera emite grititos mientras se consume. El pabilo, ni se diga: hace un berrinche de chispas cuando se pone la soga al cuello. También la flama parece prever su futura extinción, pero es mucho más tranquila. Resplandece su calma en la oscuridad. El candelero que los sostiene ve pasar su cada vez más cercano rostro. El tiempo, apacible, contempla la escena y sonríe.
Los paracaídas
A dos hombres se les enreda el paracaídas a diez mil metros de altura. Son dos pájaros confusos.
Si uno de ellos se quita el paracaídas, salvará al otro y morirá. Si ninguno se lo quita, morirán los dos.
Ojalá que no se lo quiten ambos, confundidos, o que el sobreviviente, si lo hay, no muera de culpa y pena al aterrizar.
El brazo
No tuvo ningún problema para pintar el retrato: el modelo se parecía tanto al Caudillo que sólo tuvo que pedirle que escondiera el brazo derecho en la espalda.
Los dos cigarrillos
Por error enciendo dos cigarrillos a la vez. Hermanos de cajetilla, establecen una lucha por consumirse; que el fuego alcance las letritas de inmediato.
¿Quién ganará?
A cada fumada, un cigarrillo se estremece y otro se amarga en el cenicero.
Ahora tomo al otro y le doy dos fumadas, para que se reponga. El anterior se queja en silencio: "Arbitro vendido" —tal vez piense— y, deprimido, tiende a apagarse. Rescato su brasa agonizante. "Ya lo ves" —le digo—, "ahora vas ganando".
El final es un trepidante empate. Se miran: una lucesita asomada en su única pupila.
Enciendo otro cigarrillo para reponerme de la emoción y espantar el tufillo característico de este tipo de colillas.
El lobo
Un solitario lobo tirado a la esplendente luna, se instala en el cielo de la noche.
Descansa. Cabalga con suavidad a la deriva.
Ahora pasa exactamente encima de mí y ya es un cocodrilo o jirones de algodón y luego será lluvia y río y luego mar.
Nunca volveremos a encontrarnos.
Último acto
Hombre (determinante): Nunca sabrás lo que pienso de ti, nunca, nunca.
Mujer (cortándose las uñas): Al cabo que ni me interesa.
Obra en un acto.
Hombre (dubitativo): ¿Qué hacer cuando uno ya no quiere escribir?
Mujer (entrecerrando los ojos): Dormir.
La coincidencia
Tamara le dice a Javier que lo ama creyendo amarlo y Javier sólo esperaba estas palabras para besarla y todo.
A la mañana siguiente, Javier le envía en un ramo de flores su deseo de casarse con ella.
Veinte años después, se divorcian, dicen, a causa de otro Javier y otra Tamara.
Consejo de madre bruja a su hija adivina
Acomódale a cada quién un horóscopo a su medida. Lo creerán si tu rostro se convierte en suyo. Tal como los veas. Cartas, palmas de las manos, restos de café, libros y oráculos: un rostro exacto al suyo, al de su porvenir. Te creerán si tu rostro se convierte en el suyo. Te creerán.
La visita
...lives in a dream.
J.P.M.
La estrechó en las manos, la desmenuzó con los dedos, mimándola; la aireaba. "Lo dicho, me voy con el pensamiento, me vengo en ella pensándola, no estoy en otra cosa". Miró entrañablemente los terrones que deshacían sus dedos: "polvo de su carne". Cuando terminó de limpiar el jardincito, se limpió con enérgicas palmadas y se alejó pausadamente de ella.
Las dudas
"Lo demás es lo de menos", le dijo el rey Juan. "¿Pero de qué se trata todo este margallate?", repreguntó éste. "Nadie lo sabe, aunque cada uno tiene su idea en particular", rerrespondió aquél.
Adivinanza esotérica
Imagina que alguien me dijera: "Te hablo desde el siglo dieciocho. Soy tú mismo hace docientos años", y que tú y yo estuvieramos escuchando una obra de Wagner en el estéreo y que yo me dijera: "Vagner vivió en el siglo diecinueve, no en el dieciocho; ¿De quién sería esa voz?", y que luego me escucho decirte: "No te conozco. Te pido que me permitas mirarte a los ojos una media hora, para imaginar una tú mía", y que después te veía; y que luego consultara el diccionario y confirmara que Wagner no vivió en el siglo dieciocho; ¿qué pensarías de mí? ¿Creerías que te amo o que quiero amarte o las dos cosas? Muy probablemente. O lo que es lo mismo.
La taza y el café
Una mañana, una taza cambió su juego y sólo permitía ser llenada por abajo, pero se caía el café al intentarlo. Alguien sugirió que se utilizara una jeringa como recurso extremo, pero los demás compañeros de la oficina dijeron que lo importante era que el café permaneciera en la taza y que eso no se conseguiría arrojándolo estúpidamente. "Estoy de acuerdo con ustedes" —repuso—, "pero lo primero es intentar llenarla".
La garlopa masoquista
Con las rodillas adoloridas y la mandíbula sangrante, la garlopa cantaba juisss cuando trabajaba.
Fray Luis de León se hace unos huevos estrellados en su ermita
Hablándole del viento
que lleva en mi voz su sentimiento,
embajadora del silencio,
esclava de su goce a destiempo,
vuelve a mi mente
la paz añorada que latía en mi sien;
la pregunta dorada,
la respuesta ufana,
la yerba mojada en el alba.
Soy simple carnada de su belleza honrada.
No importo nada, para mi bien.
La orquesta
Los instrumentos musicales nunca olvidarán aquel concierto en la Sala de Bellas Artes, cuando un espectador subió al escenario y le puso "cuernitos" al director de la orquesta sin que éste lo notara. La carcajada de la tuba siguió a un alegre chirriar agudo de los violines.
Los músicos, desde luego, se indignaron.
El basurero
Llega cargado de olores de todo tipo. Desde el camión observa a la gente: señoras sucias, niños mal rapados, hombres harapientos y con los ojos hundidos. Le suben las cubetas (parece ser que este servicio es completamente gratuito) y se las bajan llenas, cargadas de olores de todo tipo, y ve cómo se alejan con ellas.
La muerte de mi padre
Cuando siento el amor de mi hijo, cuando juega conmigo, pienso que debo haber querido mucho a mi padre. Tal vez por eso se dio entonces en mí la secreta ilusión de que lo hubieran enterrado vivo y que hubiera que ir por él para rescatarlo; lo que intenté hacer, efectivamente, la noche del día en que lo sepultamos.
Corrí al panteón —vivíamos en Tacuba— armado de una palita de lámina, seis años de edad y ropa de calle sobre la piyama. El aire frío me pegaba en la parte superior de la cara; las nubes, blancas, iluminaban la noche rebotando luna.
Nunca pude brincar la tapia. Como a las dos horas, quién sabe, regresé a mi casa.
No pude verlo otra vez, pero tuve mi desquite: Soñé con él toda la noche.
© Miguel Ángel Godínez 1989.
Historias imposibles se publicó en 1989 en la Casa de la Cultura de Juchitán, Oaxaca.
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