Los días iguales
Tlatelolco
Ciudad de México
miguelon

Coleccionistas
Los coleccionistas son gente seria, ordenada, metódica.
¿Qué juntar? Cualquier cosa. La cuestión es disponer del ánimo y el bolsillo para poseer una muestra, incompleta siempre, de alguna manifestación de la naturaleza o del hombre: timbres postales, piedras raras, caracoles playeros, revistas antiguas o modernas; cualquier cosa. Conocí a un tipo que guardaba en una caja de zapatos los tornillos que encontraba tirados en la calle. Todo es coleccionable.
Para el coleccionista lo importante es tener una muestra mayor, la capacidad de allegarse la pieza exacta, la definitiva, la que haga palidecer de envidia a los que reúnen el mismo tipo de cosas que él, quien la mostrará orgulloso, con un poco de saña inocua, sabiendo el efecto que va a causar su contemplación, dando, tal vez, un toque dramático al revelar el precio de adquisición y narrar cómo tomó la pieza en el mercado donde la encontró, preguntó el precio y lo redujo a la mitad con hábiles regateos. Sentirá entonces como propios el lugar de adquisición y la pieza misma, y será recordado siempre que se vaya al mercado de la Doctores, Coyoacán, Tepito o de la Lagunilla, a ciertas librerías de viejo de la calle de Durango, en la Ciudad de México; en cualquier playa, ante cualquier fotografía o en tantos espacios y lugares como piezas o colecciones existan o puedan existir; hasta en los mercados de autoservicio. Se convertirá en ese momento inolvidable en pieza, lugar e imagen.
Objetos
Un objeto no es sólo un trozo inanimado de materia. Un vaso cónico de vidrio, por ejemplo, nos remite a los jugos de frutas o verduras que bebemos. El que miro ahora enfrente de mí y que contiene lápices y bolígrafos que utilizo en la oficina, me lleva a reflexionar con Gorostiza acerca de la muerte sin fin.
Entonces no se puede hablar de vasos en general. Siempre que pensemos en ellos nos referiremos a uno en particular. Recuerdo ahora uno de plástico con el popote integrado. Era de color azul de tono claro. Recuerdo a mi madre al servirme el chocolate caliente y la sensación de calor en las yemas de los dedos al contacto con el vaso; cómo ante mis ojos iba bajando el nivel del líquido, hasta oir el ruidito al aspirarlo con una mezcla de aire: blop blop blop. Recuerdo una ventana con la persiana corrida hacia abajo, entrecerrada, y al sol pasando por ella hasta posarse en una colcha rayada de colores, mientras Bienvenido Granda canta “A la orilla del mar”.
Un objeto nos remite a otros objetos, a otros días. Y no es que haya que tenerlos, sino sentirlos propios, saberlos nuestros. Los objetos con los que nos topamos todos los días nos remiten a una parte de nosotros mismos; nunca están solos; nunca son sólo trozos inanimados de materia: nos repiten a cada instante que estamos vivos, o por lo menos que lo estuvimos alguna vez.
Instantáneas
Hay álbumes de muchas cosas, pero los de fotografías familiares son tal vez los más enternecedores; aunque de ambos, como del sol: mientras más lejos, mejor. Así uno vuelve a verlos con gusto. Desfilan tíos, primos, abuelitas, en fotos grandes o de tamaño credencial, que van mostrando el paso del tiempo en el papel y sus rostros; hasta de ilustres parientes desconocidos o colados en las fotos de boda, que nunca faltan. Este es mi primo Oscar vestido de monaguillo —ahora es un ateo irredento—; esta otra foto es de un paseo en Xochimilco: unas noventa personas, un sólo rostro conocido y un hoyito que corresponde a una cara que nunca ví (de la que se divorció una tía, con una navajita), una guitarra y una xochimilca chinampa al fondo en la que se lee “Bichita”. Esta otra es de una comida de compañeros de la oficina: los muchachos de hace cuarenta años levantan vasos de contenido sospechosamente etílico y sonríen —ahí está mi abuelo—; aquí mis tías en una fiesta de quince años —esta foto huele al almidón de las crinolinas; aquí Raquel encueradita —ya murió, la pobre—; acá el rostro desconocido de un señor —tal vez mi tatarabuelo—: “Un momentito, por favor, no se mueva”, le habrán dicho en ese instante hace tantos años, con los ojos vivos, él mismo vivo. Las fotos son instantes de vida, adoquines con los que se pueden reconstruir caminos, historias...
Puede ser que un día mi hijo mire este álbum que tengo ahora a la vista, en el que aparece una foto de mi padre hace treinta años, y una mía, de hace un mes.
Mi familia. Los he recordado a todos. Cierro el álbum. Estoy de regreso.
Timbres
Timbres hay hasta de países ignotos, que producen su propia edición con fines distintos a los de sólo portear una carta o tarjeta postal: “Mujer: No pude ver en el aeropuerto cómo se llama la ciudad. Estoy bien. Nadie habla español. Llego el mes próximo. No aguanto los mosquitos. Papá”. Y ahí te van mensaje, timbre y postal, con un poco de suerte, a su destino correcto; muchas veces países tan ignotos como desde el que se han enviado. La buena mujer recibe el mensaje, exhibe la tarjeta como quien no quiere la cosa por algún tiempo, y luego la pone por ahí, fuera del alcance de los niños que, algunos años después, separarán con cuidado el timbre de la postal para pegarlo en una hoja cuadriculada tamaño carta, donde se leerá “Tanzania”, y aparecerá solitario y envidioso de las hojas de timbres correspondientes a los países a los que más hayan viajado los padres de los ahora jovencitos. Puede ser que alguna novia de ellos se quede con la postal para su propia colección, hasta que un día se case con otro y se deshaga de ella; qué diría su marido.
No tocar
Inmensas naves de piedra venerable protegen las colecciones de cosas que aparecen, por lo menos, en cualquier libro escolar de “Vale la pena recordar” o de educación primaria. Catedrales del conocimiento humano, muestran a los asombrados ojos de sus visitantes tanto los íconos más extraños como los más comunes: un peine que no es sólo un peine sino una reliquia del siglo II, a.c., pinturas de los grandes maestros, clavecines, pájaros de todo el mundo, fotografías, instrumentos de tortura, pequeñas y complicadas máquinas cuyo giro de manivela nos demuestra alguna Ley de Newton, péndulos gigantescos, esculturas de piedra, hueso, ámbar, cera; reflejos de cómo hemos sido en el escurrir del tiempo.
Los museos suelen tener amplios sótanos en los que se guardan otra bola de cosas que acaso nunca verán la luz pública: pinturas no tan buenas o no tan famosas, piedras idénticas, aparatos inservibles; tantos objetos que acumulan, venerablemente, el polvo de los años y soportan con sabia dignidad su actual destino, con la esperanza de que algún día los toque el sol y se admire en ellos la gloria y la miseria humanas.
Pipas
La costumbre de fumar cigarrillos se desarrolló en Europa cuando la gente pobre envolvía en papel las colillas de los cigarros de tabaco enrollado. Paralelamente progresó el uso de pipas, por influencia oriental. Desde entonces hay quien las coleccione. Su variedad es infinita; es un buen coto de caza para un coleccionista ávido de emociones. Algunos hasta fuman en ellas aromáticos tabacos que delectan con placer, arrojando grandes bocanadas de humo azul a las alturas de la sala, sentados en un buen sillón y vestidos con elegante bata de franela inglesa. Los coleccionistas de pipas usadas sufren el problema de lograr su perfecta desinfección: hay quien las hierve en brandy —método oneroso pero efectivo— y quien las “cura” en alcohol puro de caña. Quedan listas para usarse. Sin embargo, su molestia eterna será sentir pequeñas escoriaciones en la boquilla, ocasionadas por otros dientes, y percibir un vago aliento de su dueño anterior, acaso ahora polvo, huesos derruídos, aterronados en un ataúd deshecho por los años.
Allá adentro
En algunos departamentos existe un cuarto extra; un cuartito que se utiliza para meter todo tipo de cosas. Todos los demás cuartos tienen su nombre: la sala comedor, la cocina, el baño, el patiecito de servicio. A este cuarto sólo se le conoce como “allá adentro”. Un orden relativo contamina todo el departamento, menos a ese cuartito. Allá adentro habitan los objetos que no queremos ver: “Pon esa cosa allá adentro, que estorba”. Se ocupa únicamente para no verlo vacío, para no sentirlo ajeno.
Allá adentro está lo que casi no nos pertenece porque no lo queremos; lo que no usamos. En algunos casos se encuentra uno con una máquina de escribir descompuesta, tablas que esperan su turno antes de convertirse en libreros, un poster viejo, los muebles de un cuñado que acaba de divorciarse, cuadernos de la primaria o secundaria y otras cosas.
Este texto es tan inútil como lo que hay ahí y tal vez podrá indignar, con justa razón, a muchas parejas de esposos que viven con sus cuatro hijos Allá adentro.
D.R. Miguel Ángel Godínez Gutiérrez
Tlatelolco
Ciudad de México
miguelon