Los días iguales
Tlatelolco
Ciudad de México
miguelon
¿Qué puede uno decir de un nuevo libro de poemas?, ¿qué del dolor, de la voracidad de la existencia que se trasmina en los textos de Miguel Ángel Godínez? Aire, otra vez contiene 38 poemas y un territorio de vida marcado por la pérdida y el dolor; aunque en momentos pretende reconciliarse con lo alegre y cotidiano del mundo.
El libro de Godínez me permite retomar, públicamente, mis raíces orientales y chiapanecas, que fluyen de manera habitual en mis actividades. Hay puntos coincidentes, hilos conductores, conectores, con este sinomexicano, servidor de ustedes: Chiapas, la marimba, el río Grijalva, el tascalate, el “Oráculo chino” y Li Taipei (o Li Bo, como lo conocen en Occidente), elementos significativos que se van deslizando a lo largo de las páginas del libro de Miguel Ángel, quien nació en 1953 en esta ciudad capital; en 1986 viajó a San Cristóbal de las Casas, Chiapas, donde se desempeñó como periodista y, más tarde, como coordinador del Centro Chiapaneco de Escritores. Ha publicado Suman cero (1980), Historias imposibles (1989) y De la vida Ordenada (1991). Y ahora ya lo tenemos de vuelta en México, D. F.
Aire otra vez, establece cuatro momentos o instancias álmicas: “Corazón de obsidiana”, “Libro sin nombre”, “Libro de la convalecencia” y “Rollitos”. Hay, también, un entramado de lenguas: el español, el habla cotidiana, propiamente dicho, con frases en inglés muy bien eslabonadas, como exigencia del contenido, aunque sin soslayar la intención cadenciosa.
Aquí no se advierte esa percepción del poema como algo inusual, como una experiencia del espíritu o como un don otorgado por los dioses, sino la contundencia de la realidad, la más llana palabra, distante de la exquisitez con que otros conciben a la poesía. Es, ciertamente, la expresión sensible de lo que acontece a los seres humanos. Las vivencias, como motivación de la producción artística.
De cuando en cuando prevalecen resabios de coplas populares (octosílabos y pentasílabos de por medio, pero no como recurso métrico sino como un efecto encadenado), hasta manifestaciones de la vida diaria, pasando por el verso corrido (lo que algunos señalan como “poema en prosa”, soslayando la respiración y la combinación silábica).
Por el título me recuerda a Jorge Guillén, el de Aire nuestro; por sus combinaciones rítmicas recupera el derecho a expresarse como persona, articulando historias y acontecimientos cotidianos. Pero vayamos con calma para ir acotando estas opiniones de lector empedernido. Por supuesto que hay algo más en la exposición de Godínez: el manejo de verbos y otros vocablos que suenan a neologismos, aunque su uso es más propio y adecuado que la simple incorporación de términos novedosos: “murcielagueaba”, por ejemplo (p. 64) o “sinonimeado” (p. 65).
Para precisar, me atrevo a dar algunas muestras ejemplares:
ºLa luz entra en mi cuerpo
y me despierta cincho-neto-entero”
(p.22)
O este ejemplo de filosofía popular, con acentos metafísicos, y un dejo de asombro e hilaridad:
“La ciencia es la verdad, así como antes la religión.
Hoy priva la razón.
Cuando prive el corazón, esa será la razón.
Ah, cabrón”.
(p. 58)
En lo personal me siento más identificado con la última parte. Sobre todo por la contundencia de la línea, por el uso de anáforas y epítomes y porque guarda un espléndido equilibrio entre la sabiduría y el humor.
Ritmos internos, coloración, posibilidades semánticas, frente al sufrimiento que se observa en la primera parte y que remueve las fibras íntimas. En este sentido, Miguel Ángel Godínez pretender reparar, restaurar al mundo, su mundo sensible, particular, aunque compartiéndolo con sus lectores. Y esta es su mayor virtud: reconciliarse con la realidad, con los objetos que lo rodean.
Después de todo, invocar a las cosas a través de la palabra, es despojarlas de su silencio. Las palabras son símbolos, recuerdos compartidos. Por eso la interrogante sobre qué hay detrás del verso se advierte de manera sencilla: el sometimiento a la métrica –y en ocasiones a la rima- significa una dimensión única, estética, donde el orden sonoro de la imagen va más allá de la asonancia, de la aliteración, de la combinación de sílabas largas y breves.
Entramos no sólo en el ámbito de La Revelación , sino en la representación de esa escritura, de esos jeroglíficos que la realidad impone y que el ser humano debe prefigurar a través de la razón sensible, de la alegría y del dolor, como lo hace Miguel Ángel Godínez en este volumen.
Miguel Ángel Godínez, Aire, otra vez, Edit. Praxis, Méx., 2003, 86 pp.
oscar_wong83@yahoo.com
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